Nos prometieron saberlo todo,
pero olvidamos qué era valioso.
Entre pantallas, nos perdimos el rostro,
conectados al ruido, desconectados del otro.
Nos llenan las manos de noticias vacías,
pero nunca de respuestas que llenen nuestras vidas.
La verdad se esconde detrás del cristal,
y el pensamiento muere en lo superficial.
¿Dónde están las preguntas que nos hacían crecer?
¿Dónde quedó la pausa para poder comprender?
Entretenidos, dejamos de pensar,
y el silencio se llena de un eco fugaz.
¿Y los que piensan distinto? ¿Se esconden del fuego,
o saltan al ruido para cambiar el juego?
Nos enseñaron a mirar, pero no a observar,
a consumir verdades que nunca nos van a saciar.
El espectáculo manda, la razón es secundaria,
y el futuro se escribe en letras imaginarias.
Noticias rápidas, sin peso ni raíz,
palabras que brillan pero no dejan cicatriz.
El tiempo se diluye en historias banales,
y olvidamos lo eterno por modas temporales.
¿Será que el confort es la nueva prisión?
¿O el miedo a pensar nos robó la visión?
Entretenidos, dejamos de pensar,
y el silencio se llena de un eco fugaz.
¿Y los que piensan distinto? ¿Se esconden del fuego,
o saltan al ruido para cambiar el juego?
Si todo es espectáculo, ¿quién escribe la verdad?
Si nadie escucha, ¿qué sentido tiene hablar?
Pero hay una chispa en aquellos que dudan,
en los que buscan sentido entre palabras mudas.
Entretenidos, dejamos de pensar,
y el silencio se llena de un eco fugaz.
¿Y los que piensan distinto? ¿Se esconden del fuego,
o saltan al ruido para cambiar el juego?
El precio del olvido es perder la humanidad,
pero aún queda tiempo para buscar la verdad.
Que las luces no nos cieguen, que el ruido no nos calle,
porque pensar es el acto que siempre nos vale.