Hoy celebro mis años sin miedo,
con el alma vestida de calma.
Ya no busco respuestas en otros,
me basta el latido que guarda mi alma.
He aprendido que el tiempo no pesa,
cuando el amor propio te abraza,
que las cicatrices son joyas discretas,
y el dolor… un vino que enseña y pasa.
Ya no espero promesas ajenas,
ni amores que lleguen de prisa.
Ahora bailo con mi sombra tranquila,
y brindo por mí, por la risa.
Dios sabe las veces que caí,
las noches que recé en silencio,
y aún así, aquí estoy… de pie,
agradeciendo lo vivido y lo incierto.
Porque vivir duele, y también es bendición,
y yo celebro cada herida, cada lección.
Tengo un refugio hecho de versos,
una familia que es mi raíz,
y la verdad que el tiempo me ha escrito:
que vivir duele, pero qué bendición sentir.
He aprendido a beber el tiempo,
a mirar las manos que me sostienen,
a encontrar en mi propio pecho un templo
donde la noche al fin me comprende.
Ya no espero promesas ajenas,
ni búsquedas que me vengan a salvar.
Hoy me doy permiso a ser entera,
a bailar la dicha y el dolor igual.
Dios sabe las veces que caí,
las noches que recé en silencio,
y aún así, aquí estoy… de pie,
agradeciendo lo vivido y lo incierto.
Porque vivir duele, y también es bendición,
y yo celebro cada herida, cada lección.
Hoy me miro sin culpa, ni prisa,
me gusto, me abrazo, me creo.
Soy mujer de luna y poesía,
y por fin… me pertenezco entera y sin miedo.
Dios sabe las veces que caí,
las noches que recé en silencio,
y aún así, aquí estoy… de pie,
agradeciendo lo vivido y lo incierto.
Porque vivir duele, y también es bendición,
y yo canto a la vida, a la risa, a la canción.
Tengo un refugio hecho de versos,
una familia que es mi raíz.
Hoy me miro sin culpa, ni prisa…
y por fin me pertenezco.