Una arañita muy pequeñita
tejía su tela de araña.
No tenía maestría en tejeduría,
pero sabía darse maña.
Hizo un trabajo tan imponente,
realmente digno de una artista,
que su creación llamó la atención
de un elefante oportunista.
Este mamífero avaricioso,
sin miedo a pasarse de la raya,
dijo “Esta tela yo voy a usarla
como hamaca paraguaya”.
La pobre araña se puso en campaña
al ver la amenaza por delante.
Fue a reforzar su tela de araña
para que aguantara al elefante.
El paquidermo, indiferente
al gran esfuerzo de la araña,
quiso doblar la apuesta y gritó
“A ver quién más me acompaña”.
Y uno tras otro fueron entrando
en escena decenas de elefantes,
y atrás de ellos allá iba la araña.
Su sacrificio era constante.
La pobre araña, ya con migraña,
decía “Energía no me queda
y estos pretenden que teja sin queja
y que toda mi seda ceda”.
Los elefantes ni se enteraban
de la arañita y sus lamentos.
Ellos tranquilos se balanceaban.
Ya eran más de cuatrocientos.
Y llegó el día en que la araña
palmó. Estiró las ocho patas.
Y su telaraña, ya sin sus hazañas,
cedió y se dio de forma inmediata.
De trompa al piso cayeron de improviso
miles y miles de elefantes.
Cuentan que decían mientras se caían
“Telarañas eran las de antes”.