Sin buscar, hallamos un santuario
lejos de los escenarios y eso que llaman vivir.
El silencio, música mediante,
parece ser un instante en que todo puede ocurrir.
Todo es tan eterno todavía.
Tú dibujas melodías a la orilla de aquel piano.
Poco a poco, caigo en la cuenta,
el instante se presenta y se hace más cercano.
Las palabras flotan en el aire
como versos de canciones que aún se están por escribir.
Y entonces tú me miras y yo te miro mirar
y tú me miras mirarte mirarme.
Y ninguno de los dos se atreve a un paso más
y nos quedamos mirando mirarnos.
Huérfano de ti y de mí, el santuario.
El regreso al calendario y eso que llaman hogar.
Los recuerdos revuelan errantes,
cargados de interrogantes, sin saber dónde posar.
Pasa el tiempo y sé que, al otro lado,
alguna vez te has preguntado lo que yo me pregunté.
Las respuestas llegan impuntuales,
encerradas en cristales, añorando lo que no fue.
Las miradas, ahora tan certeras,
se resumen pixeladas y se mueren por vivir.
Y entonces tú me miras y yo te miro mirar
y tú me miras mirarte mirarme.
Y ninguno de los dos puede cruzar el cristal
y nos quedamos mirando mirarnos.
Y entonces tú me miras y yo te miro mirar
y tú me miras mirarte mirarme.
Y ninguno de los dos puede cruzar el cristal
y nos quedamos mirando mirarnos.
Nos quedamos mirando mirarnos.